viernes, 14 de diciembre de 2012

Parada en la gasolinera Queer. [o cómo echar a perder la Navidad]



Escena 1

–Cuánto joven?

–200 pesos, por favor

–Ah, perdón… señorita

–No hay problema, 200 pesos, por favor

–O joven?

–Es igual, 200 pesos, por favor

–No, no, no… cómo va a ser igual!

–Le pone 200 pesos, por favor?!!



Hace 33 años llegué a este mundo con dos dientes, una hernia en el ombligo y cero ganas de definir mi género por el rol que socialmente me corresponde.



De esas tres cosas, lo único que ya perdí, fueron los dientes –aunque mi mamá los conserva–; la hernia está en el mismo sitio y las ganas de definirme según la heteronorma, todavía no aparecen.



Hace unos cuantos días, un dolor me mandó al hospital y desde entonces, he peregrinado entre médicos, administrativos y trámites. En ningún momento, entre formatos que llenar y cuestionamientos médicos que responder, a alguien le ha pasado por la cabeza la posibilidad de que yo no sea heterosexual. Típico que cuando te preguntan cuantos ‘compañeros’ sexuales has tenido, lo hacen siempre refiriéndose al sexo opuesto.



Total que mientras yo gastaba mi tiempo en análisis y consultorios, el ambiente se llenó de –ese estúpido y sensual– espíritu navideño y ambos factores empezaron a combinarse para mandar el impulso que libera la hormona que activa la región cerebral que me pone de malas.



Sucede que como tengo el súper-poder de las ambigüedades, tuve el tino de nacer en medio de una familia muy conservadora y de otra muy liberal de modo que para mi mala fortuna, tras la separación de mis padres me tuve que chutar mi adolescencia de lado de los mochos… ufff!



Así fue que empecé a odiar la Navidad. Año tras año mi mamá insistía en hacer de mi, un estereotipo de género para ir a la cena familiar. Una y otra vez, la pasamos entre gritos, lágrimas y berrinches por hacerme encajar a fuerza en un molde que evidentemente, no me quedaba.



Se me hace curioso que la gente vea a otra gente y de inmediato asuma que la conoce. Pero sobre todo, se me hace que todavía más curioso que asuma que la conoce en algo tan íntimo como su sexualidad. Ni que decir de la gente que quiere ajustar a otra gente a un patrón determinado no más por la pura costumbre.



Y es que yo cuando veo a alguien, no me pasa por la cabeza la imagen de con quién se acuesta. Ni pienso en lo que esconde bajo la ropa. Yo no más veo gente. Bien raro.



~. ~ . ~. ~ . ~ . ~ . ~ . ~ . ~ . ~





Si todo sale bien, en unos días estaré estrenando ombligo así que por ahora, declaro concluida esa serie de asuntos congénitos.



Lo que sea que suceda y por si entre cirugías y vacaciones no llegamos al 2013, les deseo un Feliz Fin del Mundo!





*La Escena 1 es real y sucedió en una gasolinería.

jueves, 6 de diciembre de 2012

De la soltería y otras enfermedades

 [o de cómo el sexo no es la cura del acné]

Por: Tuss Fernández
@ituss79

 Amarte así es suicidarme en defensa propia

Ustedes no están para saberlo ni yo para contarlo –ay ajá–, pero estos últimos días, mis hormonas han decidido manifestar una especie de post-adolescencia bastante molesta.

Y digo molesta porque ya en sí el periodo adolescente es fastidioso en su comportamiento –no generalizo pero digamos que casi siempre– como para además padecer y lucir los síntomas típicos: acné, cambios de humor constantes, la voz un poco transexual y por supuesto, exagerado aumento de la libido –chicxs guapxs, por favor, tomen nota–.

En estos gajes andaba yo por la vida intentando que mis padecimientos fueran lo menos notorios posibles cuando así casual, decidí confesarle el asunto de mi acné a la persona menos indicada: mi ex.

Que quede asentado en actas que fue la única afección de la que tuve a bien contarle.

Según sus cálculos –que no sé en qué se basan– últimamente he estado bajo mucho ‘estrés’. Lo que no logro descifrar hasta este momento, es cómo relacionó el supuesto estrés con el acné para concluir en el siguiente círculo vicioso:

Ser una persona soltera me produce estrés.

No coger me produce acné.

No cojo porque soy una persona soltera.

Una vez que estableció  la causa de todos mis males, el sexo era la solución. Y como todo se reduce a satisfacer un instinto primario y yo soy una persona sin sentimientos, ni aspiraciones y no merezco nada decente, coger con cualquiera bastaba. Al menos esa fue su idea, lo juro.

De lo anterior concluyo que me quedan tres opciones:

Elegir la abstinencia y por lo tanto, convertirme en santo, y por lo tanto, quedarme con mi acné.
Seguir mi instinto animal, aparearme sin reproducirme y liberar el estrés.
Buscar al amor de mi vida, encontrarlo, coger como si no hubiera un mañana, librarme del estrés, el acné, la soltería y vivir felices para siempre.

¿A poco no les encantan estas soluciones machistas y heteronormadas que tan bien hemos aprendido de las telenovelas?

Lástima que a mi ex no se le ocurrió pensar que mi soltería no es sinónimo de abstinencia y que por lo tanto, el acné debió ser la consecuencia de cualquier otra cosa, excepto de quedarme con las ganas de coger.